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  • 24 de abril de 2012

    Homenaje de la Real Academia de Ingeniería de España al Monte de Valsaín y a Agustín Pascual
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    La Real Academia de Ingeniería de España organiza cada dos años un homenaje a una persona, corporación u obra de ingeniería. Al ser 2011 el Año internacional de los bosques, se ha propuesto y aceptado un homenaje a Don Agustín Pascual, fundador y alma intelectual de la Ingeniería de Montes y de la Administración que dio lugar a la actual, tanto la General del Estado como la autonómica. No solo se homenajea a un ingeniero ilustre -en este caso además poco o nada conocido, por lo que adjuntamos una breve biografía- sino que también se celebra su obra, y por ello se ha elegido el bosque de Valsaín 
    como exponente de su quehacer, pues estuvo bajo su supervisión en sus primeros años de actividad profesional, poco antes de la mitad del siglo XIX.
     

    La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, presidió ayer, 23 de abril, el homenaje a Agustín Pascual, quien ya en el siglo XIX hizo una gran labor por la conservación de espacios tan ligados a la capital como el Monte del Pardo o la Casa de Campo, dirigió durante casi dos décadas la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País e impulsó la creación de la primera Escuela de Ingenieros de Montes, asentada en Madrid desde el año 1914. 

     
    Su biografía
    Introductor de la Ciencia Forestal o Dasonomía en España, cofundador de la Escuela de Ingenieros de Montes con Don Bernardo de la Torre y cabeza del cuerpo facultativo que gestionará la riqueza forestal de España, de la que derivan las actuales administraciones forestales españolas.
    Su padre (1786-1822), de igual nombre y oriundo de Zamora, fue profesor de Fisiología de la Real Escuela Veterinaria y miembro de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, corporación a la que Pascual estará unido a lo largo de su vida y de la que recibe su sensibilidad frente al 
    estado de devastación que caracterizaba a los bosques ibéricos. 
    A los cuatro años quedó huér fano. La ausencia paterna será suplida por la presencia de aquellos a los considerará sus maestros. El matemático José Mariano Vallejo (1779-1846), un liberal exiliado que vuelve a España tras la muerte de Fernando VII y que lo ayuda a conseguir mediante oposición –en 1833 y con apenas quince años– una plaza de profesor en el Colegio de Sordomudos, 
    una de las fundaciones de la Matritense. Una relación más continua tuvo con quien definiría su vocación y su destino: Antonio Sandalio de Arias (1794-1839), catedrático del Real Museo de Ciencias Naturales y del Jardín Botánico y precursor de la obra de Pascual. Arias fue un miembro muy activo de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País y compañero de su padre en la edición de la Agricultura de Herrera que la Sociedad publicó en 1818 y en la que Arias incorporó las adiciones dedicadas a los árboles y a su cultivo. Con el retorno del liberalismo, Arias fue nombrado Inspector general de Montes en 1834. El cargo, recién creado, lo ejerció sólo durante un breve período, pues lo impidió la falta de presupuesto al estar el país inmerso en una guerra civil por cuestiones dinásticas y sin los recursos económicos procedentes de las colonias. A su interés se debe la redacción del Reglamento para una Escuela especial de Ingenieros de Bosques, imitación de la francesa establecida en Nancy, y una Instrucción teó-
    rico-práctica para la conser vación, repoblación, fomento, multiplicación y aprovechamiento de los montes. En 1836 es elegido director de la Matritense, cargo en el que permanece hasta 1838.  
    Pascual prosigue la obra de Arias en la Sociedad Económica Matritense, en la que se inscribe en 1841, y colabora en la redacción del informe Establecimiento de una Escuela de Arbolado y Agricultura. Martín de los Heros, otro miembro de la Matritense, como ministro de Fomento y diputado a Cortes, había apoyado a Arias en sus intentos de apertura de la Escuela de Bosques, y al ser nombrado intendente de la Casa Real es consciente de la necesidad de aplicar principios técnicos a la gestión de los montes del Real Patrimonio, entre los que destaca el bosque de El Pardo y el Pinar y Matas de Valsaín. De los Heros intentó traer a uno de los hijos de Cotta, el ingeniero creador de la dasonomía y fundador de la Academia de Tharandt (Sajonia) en 1786. Como la inestabilidad política provocada por las guerras carlistas en España no lo aconseja, se envía a Esteban Boutelou, hijo de una conocida familia de jardineros y botánicos ligada a los Borbones y a Pascual. En 1842, ambos acuden a la Escuela de Bosques y Economía Rural del Reino de Sajonia. 
    Tras cursar sus enseñanzas, regresan en octubre de 1845.Pascual es nombrado inspector de 
    los Reales Bosques, a cuyo reconocimiento dedica los años siguientes. En 1847 se publica su primer documento facultativo, el  Reglamento orgánico para el buen gobierno y aprovechamiento de los Bosques Reales, donde recoge los principios científicos de la Dasonomía. En sus 45 ar tículos regula 
    y establece las bases generales para la división de los montes, la confección de planos y documentos y los planes de aprovechamiento y conser vación. 
    Su primer ar tículo es una declaración de respeto a la naturaleza: Cada monte debe contener únicamente las especies de plantas leñosas que sean espontá-neas en la región vegetal a que aquél per tenezca. En el tercero incorpora la máxima de Cotta:  el fin y la localidad determinan la elección del método, y 
    como factor determinante del método considera a la especie, y en el quinto introduce por primera vez el concepto de renta mantenida y constante.
    En el mismo año redacta unas instrucciones para las cortas en los montes de pino negral de Cuelgamuros y las relativas a los pinares de Valsaín. En julio de 1848 se aprueba la Ordenanza de 
    los Bosques Reales, donde desarrolla con mayor detalle el reglamento anterior.
    La fundación de la Escuela de Montes se hará posible al conocer a Bernardo de la Torre (1792-1875), militar retirado que ostentaba la laureada de San Fernando por su par ticipación heroica en la última contienda colonial, además de ser jurista reconocido e influyente senador. Al carácter y personalidad de 
    Bernardo de la Torre se debe que saliera adelante el difícil proyecto de Pascual. Poca atención se podía prestar a los ingenieros de montes cuando la hacienda pública se ahogaba por falta de ingresos y los compromisos del Estado se repar tían principalmente entre el Ejército, la deuda y, secundariamente, 
    el mantenimiento de la Casa Real. 
    La ciencia de montes tuvo una larga historia parlamentaria. La Escuela –tras dos intentos fallidos en 1835 y 1843– tomaría forma en 1847 con la aprobación de su reglamento, en el que aparece por primera vez el término “forestal”. Pascual explicaría que la derivó del alemán forst para aplicarla a un monte con dueño, mientras que la ingeniería la designó con la voz “monte”, que describía el territorio donde los nuevos técnicos desempeñarían su profesión. 
    Lograda la aper tura de la Escuela, Pascual se ocupará del contenido doctrinal de los estudios y de la enseñanza de la “Ciencia de Montes”. En sus clases explicará el tratado de cor tas, cultivos y  aprovechamientos, la patología vegetal, el derecho forestal y unas nociones de construcción forestal. Con Pascual, el fomento del arbolado alcanza en España entidad científica y técnica; deja de ser un complemento de lo agropecuario para adquirir personalidad propia, con métodos que se basan en la regeneración natural y exigen largos plazos para la obtención de maderas. Con la Escuela de Ingenieros de Montes de Villaviciosa de Odón (Madrid) finaliza la trama iniciada por los ilustrados en el siglo anterior, que llevó a la práctica el lema de la Matritense, “socorre enseñando”. Su establecimiento en 1848 logra instrumentar las preocupaciones técnicas, administrativas y legislativas requeridas para la conser vación y gestión de los montes españoles.
    Una orden de 1854 diferencia a los nuevos profesionales de los comisarios de montes –entonces, en activo– que dependían de los jefes políticos: «no son agentes de las elecciones, sino conser vadores de los montes». Fue necesario disponer de una masa crítica de ingenieros y que el Gobierno depositase 
    sus expectativas financieras en la desamortización de los montes públicos (1855), de los que poco o nada sabía, para que la ciencia de montes tomara fuerza administrativa. La desamortización promovida por la Ley Madoz de 1855 los hizo imprescindibles para dar una relación, cuantitativa y cualitativa, 
    de la riqueza forestal pública que, al ponerla al ser vicio de los políticos, permitió la creación de una Administración forestal. Fue necesaria una clasificación previa que diferenciaba los montes exceptuados de los puestos a la venta. Su ejecución fue la primera estadística de los montes públicos, y permite conocer –entre otros aspectos– las especies que los poblaban. La clasificación de 1859 estimó que los pinos representaban el 32,4 % de nuestras masas forestales exceptuadas, existiendo 1.905.428 ha 
    de pinares propiedad de los pueblos y 265.692 ha per tenecientes al Estado.
    Al defender Pascual que la riqueza forestal ganaba más si era administrada por el Estado, se inicia una larga pugna entre los ministerios de Fomento y de Hacienda, este último, par tidario de incrementar las ventas al máximo. El proceso desamor tizador afectó a los montes de mayor valor agronómico, 
    como encinares o alcornocales, que pasaron a manos par ticulares. La gran mayoría de las fincas desamor tizadas, ya fueran realengos o comunales, fueron vendidas como propiedades libres de toda carga e ignorando los derechos de los vecinos, lo que provocó graves quebrantos, malestar social y dio lugar a situaciones de pobreza, así como una mayor presión sobre los montes públicos exceptuados que quedaron bajo la tutela de los ingenieros de montes. Al iniciarse esta etapa, Pascual deja la escuela para redactar las leyes, reglamentos e instrucciones que serán la base de los distritos forestales, a los que en 1859 se encomienda la gestión de los montes públicos. 
    Agustín Pascual fue una persona de extrema sencillez, de voluntad complaciente y débil de carácter; tanto es así que evitaba firmar sus trabajos, llegando incluso a asignárselos a otros, como señalaría Braulio Antón. Fue un hombre riguroso y de vasta cultura, laborioso en el trabajo y perseverante, por lo que alcanzó gran relieve intelectual y social. Su posición como uno de los fundadores de la Escuela y del Cuerpo lo llevó al primer lugar del escalafón y a puestos elevados de la Administración del Reino: vocal de la Junta de Agricultura, de Estadística, de Aranceles y Valoraciones, inspector general del Cuerpo de 
    ingenieros de montes y presidente de su Junta Consultiva. 
    Una de las comisiones en las que par ticipó y a la que dedicó más esfuerzos fue la de estadística, llegando a ser su director. Representó a España en los congresos internacionales de Berlín (1863) y de San Petersburgo (1872). 
    Defendió que los hechos más importantes de la geografía vegetal debían ser considerados bajo el punto de vista estadístico. A Pascual se debe que la ley de 1859, relativa a la medición del territorio peninsular, exigiera informes sobre la medida y distribución de la riqueza forestal. En 1868, su idea toma nuevos aires al crear la Comisión del mapa forestal en el Ministerio de Fomento, ya con el objetivo de convertirse en un inventario preciso de esta riqueza. 
    En sus escritos inicia un nuevo estilo de pensamiento geobotánico, que tuvo su  inspirador en Moritz Willkomm, autor al que traduce y cuyos textos inser ta en el  Diccionario de Agriculturade cuya redacción formaba par te. Sus inquietudes lingüísticas las muestra en su elección de las voces profesionales, 
    entre las que se cuentan las diferentes entregas que dedica al estudio del vocablo  forestal. Por sus conocimientos de filología y agricultura par ticipó en la 12.a edición del Diccionario de la Real Academia Española, institución de la que formará par te en 1876. En dicha edición señaló como acepción principal 
    la voz “selvicultura”, a la que deriva de “silvicultura” (término correcto en su origen). Aunque en el colectivo también se ha empleado la palabra “silvicultura”, finalmente se impuso el término “selvicultura”, respetando la larga tradición de su enseñanza como disciplina científica bajo dicha denominación. Su empleo por los forestales, con excepciones, se generalizó desde su aparición por primera vez en la lengua castellana en un decreto de 1843. Aunque el uso de una voz es la que valida su empleo, el que en sus orígenes “selvicultura” sea una voz híbrida de castellano y latín, no recomendada en la creación de “nuevas” palabras, ha llevado a que colectivos ajenos a la tradición forestal la ignoren en su uso y empleen, en particular en los ambientes científicos, la voz “silvicultura” y sus derivados.
    En 1859 fue elegido director de la Matritense, a la que preside durante casi veinte años, dieciséis de ellos sin interrupción, hasta diciembre de 1882. 
    En 1876, cuando la Constitución canovista incorpora al Senado a las Corporaciones del Estado, Pascual es elegido en dos períodos. En 1877 defiende como ponente el Proyecto de Ley sobre repoblación, fomento y mejora de los montes públicos, Ley que pretende regenerar los rasos existentes, pero solo en aquellos montes que ya eran poseedores de rentas y en los que usos y abusos, presentes y pasados, habían 
    generados claros, calveros y rasos. La impor tancia de estos huecos, cerca de 2,4 millones de hectáreas (el 35,3 % de la superficie que gestionaban los ingenieros de montes), contribuye a aproximar las espesuras deficientes que debieron caracterizar a los montes decimonónicos. La Ley proponía destinar 
    el 10 % de los aprovechamientos realizados para su repoblación, pero si se repoblaba, estas rentas se veían sensiblemente aminoradas, pues había que acotar una par te impor tante del monte al pastoreo, recurso que proporcionaba unos ingresos que solían superar el 50 % del total. La Ley no tuvo ningún éxito, ya que sin guardería ni cerramientos las repoblaciones eran poco factibles. 
    Las cualidades personales por las que destacó fueron reseñadas con parca brevedad en el periódico que recogió la noticia de su muer te: “Ayer falleció el docto académico cuyo nombre encabeza estas líneas. Dedicado por entero a las ciencias, D. Agustín Pascual, de noble y desinteresado corazón, ha muer to 
    pobre”. 
     
    Luis Alfonso Gil Sánchez Doctor Ingeniero de Montes y Licenciado en Ciencias Biológicas
    Miembro de la Real Academia 
    de la Ingeniería de España